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Autobiografía escrita a mano

 

Nací entre esculturas. Aprendí a caminar entre moldes de yeso, arcilla a medio amasar  y figuras de bronce, mientras contemplaba como mi madre iba modelando grandes anatomías de barro, con un preludio de Chopin flotando en el estudio. El dibujo fue mi primera pasión infantil; los cuadernos del colegio eran los mejores soportes para inventar personajes fantásticos a todo color, que me hacían olvidar a menudo la monotonía de las aulas.

A los nueve  años se me ocurrió desmontar una película de Walt Disney, de un cine de juguete,  y sustituir el rollo por otra, que dibujé y coloreé a mano, en la que aparecía un temerario pescador luchando en alta mar con grandes tiburones. Quizá entonces surgió el iconoclasta que siempre he llevado dentro, con cara de buen chico, eso sí, pero iconoclasta al fin y al cabo.

Entré en la adolescencia con The  Beatles, Jimi Hendrix y Otis Redding como música de fondo. No es extraño pues que, en aquel escenario de los sesenta, psicodélico y convulsivo, y con las hormonas creativas en ebullición, me dedicara a dibujar docenas de pósters con imágenes  hippie, y a decorar hermosas camisetas con mensaje: “Make love as if it was the  war”, “Life is a woman and soul music”.

Inicié mi preparación académica en la Escuela de Artes y Oficios, donde, durante dos años, dibujé al carbón grandes estatuas clásicas y me inicié en el estudio del dibujo de desnudo. De esta etapa salí más instruido, pero no domesticado. Mi pasión por seguir buscando nuevos caminos para expresarme con la materia, me llevó a alternar aquellos pulcros  dibujos al carboncillo, con experimentos de ceras de colores quemadas sobre lienzo y dibujos de insectos hechos con café.

Después de una etapa fugaz  en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando (Madrid), me incorporé a la Facultad de Bellas Artes Sant Jordi (Barcelona), en la especialidad de Escultura, donde conviví con un puñado de profesores aburridos y con fascinantes compañeros de curso. De vuelta a Mallorca me uní a un colectivo  de artistas con los que experimenté   el video-art, la fotocopia como medio creativo y  performances en la vía pública. En aquella época –años 80- trabajé piezas en hormigón, telas pigmentadas y figuras en resina de poliéster.  Desde entonces, la investigación, la búsqueda de nuevas formas y colores por diferentes itinerarios, ha sido un denominador común en mi obra. A lo largo del camino ha habido pérdidas y encuentros, dudas y certezas. Pero fue  –y sigue siendo- camino.

En el transcurso de los años, mi obra –escultura y pintura- ha viajado a Barcelona, Madrid, Ginebra, Toulouse, Londres, Estocolmo, Kiel, París, New York y San Juan de Puerto Rico. Aunque, lo importante para mí, es que, estén donde estén mis obras, sigan vivas y creciendo.

Lo esencial para mí es que mi obra escultórica, sean cuales sean sus formas y sus colores, palpite siempre como una nueva realidad; que sea la representación física, emocionada y emocionante, de la vida que  contemplo todos los días con los mismos ojos ilusionados de aquel niño que llenaba de dibujos sus cuadernos.